El 66 % de contagiados por COVID-19 del personal de salud son mujeres

El 66 % de contagiados por COVID-19 del personal de salud son mujeres

La pandemia se transformó en un campo donde emerge la discriminación de género

Ya se sabe que las mujeres mayores están sufriendo de manera muy aguda los efectos de la pandemia. Los datos han ido variando y difieren entre países. Sin embargo, parece que, especialmente al inicio de la pandemia, las mujeres presentaban una mayor prevalencia de COVID-19 que los hombres, aunque ellos tuvieran una tasa de letalidad mayor y más posibilidades de hospitalización.

Dos son los aspectos que pueden vertebrar la incidencia de la COVID-19 en las mujeres mayores en las residencias: la feminización de los cuidados y de la vejez.

En primer lugar los cuidados formales e informales han recaído tradicionalmente en las mujeres. Esto, por un lado, podría afectar al riesgo por la exposición al virus en los lugares de trabajo (residencias y hospitales). Por otro, conllevaría un mayor riesgo de contagio también en los hogares.

En definitiva, la pandemia ha puesto de relieve cómo la organización social de los cuidados involucra y afecta a las mujeres de manera específica. Esto arrastra consecuencias en distintos ámbitos, como el de la salud.

Desde que comenzó la crisis sanitaria, los profesionales de la salud han estado más expuestos al virus que otros sectores y grupos de población. En España, por ejemplo, se han contagiado casi 50.000 sanitarios, una población en la que el 66% son mujeres, según datos recientes del Instituto de la Mujer.

Por otro lado, la atención de las personas dependientes recae en gran medida en las familias. Particularmente en las mujeres, algo que resulta preocupante si se mensura la cantidad de cuidados que se han demandado como consecuencia de la pandemia.

Esta posibilidad de ser infectadas en mayor medida que los hombres ya se vio en epidemias anteriores como la del ébola y el zika, debido al rol protagonista que tienen en los cuidados familiares y por estar en primera línea de los servicios asistenciales.

Además, la OMS también publicó un informe en el que exponía cómo a principios de los 2000, entre los casos de SARS que se registraron, más de la mitad se dieron entre mujeres.

El informe también señaló que las diferencias entre mujeres y hombres adultos se daban en términos de exposición, es decir, en el plano de los patrones de actividades e itinerarios sociales que los diferencian. De esta forma, se sugiere que los hombres tendrían mayor riesgo de contagio en el trabajo, y las mujeres en los hogares y en las actividades diarias donde se producen contactos directos.

Mujer y mayor

Según el Instituto Nacional de Estadística de España en 2019, las mujeres contaban con una esperanza de vida de 86 años, frente a los 80 de los hombres. Esto inevitablemente dibuja un contexto específico de COVID-19 en franjas de edad avanzadas.

La crisis sanitaria actual ha hecho que, desde diferentes instituciones, se haya puesto de relieve el riesgo de caer en lógicas que favorezcan imágenes nocivas en torno a la vejez, que invisibilicen sus problemas o inquietudes y dificulten el acceso a servicios y prestaciones. “Las personas se ven atravesadas por múltiples características y , entre ellas, la edad y el género se entrelazan, indica Carmen Pérez de Arenaza Escribano, del Centro de Ciencias Humanas y Sociales de España, autora principal de una reciente documento que pone foco en la conjunción madurez, y femeneidad.

Esto puede desencadenar una doble discriminación: por ser mujer y por ser mayor

Las residencias son escenarios en los que la feminización de la vejez y de los cuidados aparecen de forma clara. Las personas residentes son mayoritariamente mujeres y, a su vez, son habitualmente cuidadas y atendidas por mujeres. En 2019 había en España 276.924 personas de más de 65 años viviendo en residencias, de las cuales el 70,4 % eran mujeres y el 29,6 % eran hombres.

Esta misma situación está documentada con gran precisión en otros países desarrollados como Canadá, que se ha visto muy afectado por la pandemia en las residencias. Este circuito de exposición y contagio sería una metáfora dentro de la cual están algunas de las claves de la división sexual del trabajo y su impacto en la salud de la población.

La población residente se ha tenido que enfrentar al aislamiento y, en muchos casos, con la imposibilidad de continuar con sus tratamientos habituales. Esto ha tenido consecuencias importantes en su salud, así como en el bienestar de familiares y trabajadores. Todos estos escenarios de afectación (familias, residentes y cuidadores) están atravesados por formas de organización social tradicionales en las que las mujeres son los agentes más habitualmente implicados.

“No se trata de afirmar que el COVID-19 afecte más o peor a las mujeres que a los hombres -explica la investigadora-, sino de ser conscientes de que la salud es otro ámbito más en el que el género introduce diferencias. Obviar esto puede multiplicar las posibilidades de discriminación o desatención de más de la mitad de la población”.

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